Los tradicionales diarios, donde cada cual vertía sus intimidades y que solían ser el tesoro mejor guardado, pues se huía de su divulgación y era la mayor traición leerlo sin autorización, han sido sustituidos en muchos casos por los blogs.
Resulta irónico como ese secreto relato de nuestros claroscuros se pone, en forma de blog, a disposición de todo el mundo. Es una especie de indecorosa timidez, de exhibicionista confidencialidad. Ocultos en el anonimato cubrimos la necesidad de que no se emparejen los pensamientos con la persona; y, la vez, satisfacemos el prurito de hacer participes a otros de lo nuestro, pero sin comprometernos ni dejarnos en evidencia. Y es que la egolatría suele acompañar al escritor, pues no faltan los servicios de estadísticas con los que medir la difusión del mensaje anónimo. Sin embargo, no siempre se busca una audiencia masiva, sino que se prefiere un público seleccionado, probablemente alguien que nos conozca en el mundo real, lo que llevaría a desvelar la identidad oculta tras el desvergonzado anonimato. Y así surge la duda de si revelar o no la autoría; aunque si nos interrogásemos, nos quedaría por determinar si lo hacemos por convicción o por exhibir orgullosamente lo escrito. Pero esto nos lleva la duda recursiva de que mostrarnos con nombre y apellidos suponga la autocensura, bien por pudor, bien por precaución. No pocos blogs han perdido fuste al ser desvelada la identidad de su autor.
Al poner tu cara a unas declaraciones, si estas pertenecen al ámbito de lo personal, puede que quedes expuesto más de lo que deseabas inicialmente, y que, sabedor de esa posibilidad, dejes de expresarte de la misma manera o con los mismos contenidos. Ciertamente, el peso de los argumentos en cada sentido dependerá de la persona; para aquellos que somos especialmente sensibles al comentario ajeno, y que huimos de ser encasillados en grupos, clanes o partidos, no parece aconsejable hacerse visible (aunque, las circunstancias o la casualidad, nos puede haber dejado ya a la vista).
3.12.06
Anonimato
29.11.06
Opiniones
Oyes a unos, oyes a otros. Cada cual trata de convencerte de su posición, de sus ideas, de sus móviles.
Muchos lo tienen claro, y no cobijan dudas a la hora de tomar partida por alguno de los bandos.
Se te dice que debes aprender a pensar por tí mismo, que has de escuchar lo que cada lado argumenta, y que tras tu análisis personal, serás capaz de inclinarte hacia uno de los contrincantes.
Pero, ¿qué es aprender a pensar por uno mismo? Siento dudas ante tan redonda frase, ante tan alto ejercicio de reflexión. Supongo que es fácil optar si las capacidades o argumentaciones son claramente mejores en uno de los lados; apenas habrá que pensarlo (¿no había que pensar?) y resultan absurda la perorata del que carece de capacidad de convicción.
Sin embargo, en un mundo teñido por una gama de grises casi infinita, lo frecuente es encontrarnos en medio de un fuego cruzado de replicas y contrarreplicas, en el que los disparos desde las dos orillas son acertados. Tratas de aislarte y escuchar sólo el sonido que viene de la derecha, y te resulta coherente y caes rendido ante su sólida argumentación. A continuación, repites la concentración para captar el mensaje de la izquierda: no sólo te convence, sino que ves rebatido lo que hace nada considerabas firme. El ciclo se puede repetir tantas veces como quieras, siempre serás del último que susurró en tu oido.
Pero la mayoría de la gente no está tan desorientada; está claramente situada y no tiene duda sobre quién es el portador de la verdad. ¿Realmente todo el mundo sabe discernir el verdadero mensaje entre tantas versiones de los hechos?
Lo siento, pero estoy seguro que no es así. Somos carne de nuestras propensiones, de inclinaciones casi animales, que nos predisponen muy distintamente ante las dos opiniones; y no nos importará lo valioso que pueda ser el discurso del que recelamos, pues el apoyo ya está cedido a nuestro favorito. Podremos adoptar una postura de enterado e independiente, de persona de fino descernimiento; pero el barniz de la simpatía que procesamos ya nos habrá dictado las líneas directrices, no solo de la inclinación, sino también de las argumentaciones que enarbolaremos para nada realmente, pues cada cual ya está ganado para su causa, la que creen haber adoptado libremente.
27.11.06
Autoanálisis
La vuelta no quiere ser un simple retomar las herramientas para seguir haciendo el mismo trabajo.
Debe haber una reorientación en lo que deseo plasmar aquí.
Si bien nunca pensé en una “línea editorial” concreta, lo cierto es que diversas circunstancias han encorsetado los contenidos. En ocasiones una cierta autocensura me frena a escribir de algunos temas; en otras, el saber que esto es público (¡qué inconsistencia!) me hace expresarme de manera soslayada, con eufemismos o, simplemente, evitar decir de más. Un equivocado criterio de calidad me ha llevado a cercenar la posible espontaneidad, haciendo pasar cualquier idea previamente por un filtro exigente, con el que se pretendía evitar llegar a un diario en el que “escupir” la primera cosa que viniese a la cabeza.
He releído “la polvareda” que he levantado durante este tiempo, y, percibo todas las “dolencias” anteriores. Por otro lado observo la recursiva vuelta a los temas obsesivos (lo que la pedante crítica siempre tilda de “señas de identidad”): la inconsistencia de la felicidad, el extravío del camino inicial, la fatal pérdida de las ilusiones, el vértigo del paso del tiempo,… Y este encasillamiento ¿inconsciente? me asusta. Primero porque denota mis miedos; pero, también, porque me limita las miras, me impide oxigenar las ideas y todo me suena conocido y a lo mismo.
No se si esto es una declaración de intenciones, pero si que es necesario dar otro ritmo a lo que quiera decir. Puede que sea una cuestión de estilismo, o que, siendo los temas mayoritariamente personales, también lo sea su exposición, alejándose de cierto academicismo que los adorna; pero, sobre todo, que no haya tantas cortapisas autoimpuestas.
Que sea lo que yo quiera, pero que me sienta a gusto con ello.
26.11.06
Relativo
Veo un reportaje sobre el consumo de drogas entre los jóvenes. Aparte de un relativo sonrojo (y quizás un poco de sorpresa, más que nada porque desde la distancia las cosas se ven de otra manera), me llama la atención la justificación de alguno de los personajes para consumir: la vida son dos días y hay que disfrutar.
Dedico la noche a ver la adaptación cinematográfica de una novela que me encantó. En una de las escenas clave, la asistenta describe sus planes para un dinero obtenido de una herencia: un viaje a EuroDisney y un coche. Sus empleadores la inquieren sobre la posibilidad de ahorrar. Ella se extraña ante esa opción y les espeta que hay que disfrutar la vida según llega.
Tanto los pastilleros como la asistenta representan el papel de perdedores. ¿Es porque sólo piensan en el presente, y no les preocupa el futuro? ¿Acaso su existencia es tan poco atractiva, que se agarran a cualquier forma de evasión para no seguir penando? La filosofía que aplican es un efecto de su existencia.
Sin embargo, se podría invertir el orden de la explicación: su planteamiento vital, tan despreocupado e inmediato, les lleva a su situación de derrotados. En este caso, es la causa.
Pero, despojándonos de este papel de críticos de salón, acomodados y sobrados, podemos cuestionarnos si nuestra vida ordenada, comedida y planificada es mejor. Mejor en cuanto que nos proporciona mayor satisfacción, en cuanto que el placer es más duradero.
Y da que pensar si la felicidad debe medirse como una media, que recoja los momentos algidos y los menos gratos; o sólo tiene importancia alargar los picos de exultante disfrute, descartando el resto.
Posturas comedidas, en las que rebajar las aristas de los excesos para no cortarnos; o mejor, el morboso placer de pasear las yemas sobre el refrescante filo de lo excesivo y de la falta de previsión.
25.11.06
Confidencialidad
Alguien, tal vez un declarado amigo, un circunstancial compañero de fatigas o un simple conocido, baja la voz,y en un aparte te cuenta algo aparentemente reservado de un tercero. Te hace partícipe de una confidencia que ese tercero, también en voz baja y con aire clandestino, le susurró, asumiendo que al reconocerle con ese detalle, a la vez que le contaba el secreto, daba por hecho que sería una tumba.
Así, ese alguien, que traiciona al otro, al compartir contigo lo que le dieron en confiado depósito, vuelve a pedirte lo que de él solicitaron: que no se lo cuentes a nadie. Como si la propagación de la plaga, la falacia, el rumor o la indiscreción fuese a detenerse por rogarte que tengas el comportamiento que él desobedeció.
Pero, lo peor, es que de la misma manera que aquel tercero fue traicionado; el mismo eslabón intermedio, el confidente infiel, puede actuar en sentido contrario: ahora convertido en altavoz de tu susurrado secreto. Volverá a bajar la voz para murmurar entre dientes lo que un tercero (esta vez, tú) le contó asumiendo que era algo que quedaba entre ellos.
24.11.06
Pausa
Demasiado tiempo sin decir algo, acaso sin pensar... más que en bobadas, en obsesiones inútiles, en preocupaciones sociales.
Pero me resisto a abandonar este rincón, en el que, aunque espaciadamente (en exceso), puedo seguir reivindicando lo que querría ser... pero que por momentos olvido.
Han sido meses exigentes, incluso grises, con inseguridades y hasta con flaquezas emocionales. Apenas el brillo de los días luminosos pudo aclarar el cetrino aspecto de un errático deambular.
No se si justo ahora la situación es más optimista, o que simplemente he decidido decir basta y ponerme en pie. Recuperar un poco del espíritu que animó este refugio, y que la pereza parece empeñada en enterrar.
Como siempre, el cambio del fondo comienza por alterar la forma. De nuevo, una vestimenta distinta, como queriendo marcar una separación con la etapa anterior. Apenas unas pinceladas de color, y un puro divertimento con las nuevas herramientas. La justificación para dar la salida a la enésima carrera... pero, sinceramente, aunque el ánimo me lo pide, dudo que las fuerzas permitan mantener el aliento por un tiempo prolongado.
Por lo menos, intentémoslo.
2.11.06
Felicitación
Cierto es que nada es como antes; y que sin roce no hay intensidad; pero aunque sólo sea porque el pasado fue grande, y porque en un presente huérfano no nos podemos permitir el lujo de perder, si no ya lo que hubo, al menos el recuerdo.
Supongo que por eso: por el recuerdo de lo que fue, y porque nunca hubo nada dañino más que el tiempo y la distancia, retorno a la cita.
Casi a modo de la famosa función vocativa del lenguaje que nos enseñaban en el colegio; buscando, simplemente (pero quizás también suficientemente), que el otro sigue al final de la línea, que la conversación, aparentemente inexistente por muda, está simplemente en estado latente; tal vez no para grandes susurros ni confidencias; ni siquiera para formalismos... pero, al menos, para poder recordar que quien tuvo, retuvo.
27.9.06
Equidistancia
Entre las virtudes que adornan al buen jefe destaca saber mantener la distancia con los problemas, escuchar sin aspavientos, sin ponerse de parte de ninguno de los subalternos; pero absorbiendo la información para, en el momento oportuno, actuar desde la discrección, amonestando al culpable.
Lo curioso es ver esta cualidad en personas que nunca se han visto en puestos de jefatura. En como lo asumen como algo natural, sin apreciar el valor que tendría en contextos más competitivos o mejor reconocidos.
Para ellas, forma parte inherente a su labor vital diaria, en llevar adelante a un grupo al que ama, y en el que cualquier disputa las desgarra por dentro.
Pero ella, la madre, en medio de la disputa, de los recelos o resquemores, a todos les recriminará en público su actitud pueril; se mantendrá equidistante de todos, a la misma distancia entre los hijos, o de éstos con el padre. No beneficiará a ninguno con la aseveración de las acusaciones que cada cual emita contra otro miembro del grupo. De hecho, se mostrará sorda a las quejas y quitará hierro al asunto que enturbia la convivencia. Suavizará lo que pueda parecer doloso y no dará cancha a la crítica.
Sin embargo, se habrá mantenido en todo momento atenta a los quebrantos de cada uno, a los orgullos heridos y a las maneras desairadas. Y cuando la oportunidad lo dicte, cuando lo que tenga que decir no parezca un simple arrebato del calentón, buscará al que hirió, al que decepcionó, al que no estuvo a la altura, y le hará ver que su hermano, su padre, su hermana están dolidos, y sólo su mal comportamiento lo ocasionó. E incluso en la reriminación, seguirá siendo equidistante y ecuánime; ilustrando en vez de criminalizando, enseñando que tus actos dañaron a alguien, a un alguien ante el cual te defendió.
25.9.06
Poesía
En la vorágine de la fusión,
N. y B. esconden su amor.
Amor prohibido y dañino,
con victimas propias y ajenas.
Amor de multiples facetas:
apenas la pasión mezclada
con la traición;
apenas lo clandestino,
confundido con la delación.
Rotas las parejas,
destruidas las relaciones,
penan los protagonistas,
pagando justos por pecadores.
Trayecto
Tardes de domingo de vuelta a la gran ciudad, casi siempre de noche, casi siempre en caravana. Tiempo para digerir los acontecimientos del fin de semana, y repasar lo que, invariablemente, vuelve a inquietarnos.
El trayecto de vuelta, tal vez por el acogedor recogimiento del coche, nos invita a clamar las decepciones que nos han causado los amigos a los que fuimos a visitar. En otras ocasiones, esos mismos amigos son ensalzados y se añora no poder disfrutar de ellos con más frecuencia. Tanto si la sensación es positiva, como si nos ha dejado alicaídos, siempre hay un repaso al resto de conocidos, en los que se les mide el aspecto juzgado en ese momento.
En otras ocasiones, volvemos a lamentar los chirridos de la maquinaria familiar; a denostar los comportamientos que han malogrado nuestra fugaz visita; a hacer, por enésima vez, propósito de evitar ciertas situaciones o forzar otras.
Si los días disfrutados lejos ha dejado un buen sabor de boca, siempre se fantasea con la posibilidad de que los domingos no se empleen en la vuelta, sino en permanecer en la ciudad de partida; en la posibilidad de vivir en el destino del viernes. Imaginamos las bondades de la vida en provincias, en la cuidad que nos acogió durante la juventud, y de la que guardamos tan buenos recuerdos.
Y siempre con esa gasa de nostalgia y tendencia al abandono que tienen las tardes de domingo; especialmente cuando ya ha anochecido y hace frío.
16.5.06
Perfeccionista
Existen ciertos rasgos de nuestro carácter que resultan inequivocamente algo positivo; o, por el contrario, son un lastre y nos hacen flaco favor. Pero, en alguna ocasión, una de esas características resulta ambigua. Podemos etiquetarla como una virtud, o denostarla como un defecto.
Esos aspectos de nuestro yo son armas de doble filo. Las enarbolamos con orgullo pues las consideramos un activo; para, a reglón seguido, un allegado (o quizás un enemigo) nos las eche en cara y las esgrima como prueba de nuestros fallos o “puntos de mejora”.
Me siento satisfecho con mi carácter perfeccionista. Resultado de ser tremendamente exigente, primero conmigo y, quizás por contagio, también con los que me rodean. Muy esmerado en lo que hago, en su fondo y su forma. Y, en repetidas ocasiones, me ha reportado beneficios el celo puesto en las tareas encomendadas (o simplemente, asumidas).
Sin embargo, no sé si el perfeccionismo en sí, o quizás sus efectos laterales, o simplemente otros rasgos, tan imbricados e intimamente relacionados, se han convertido en argumentos para poner de manifiesto mis debilidades, aquellos puntos en los que esforzarme para mejorar.
No creo que el perfeccionismo sea negativo. Muy al contrario, te empuja a mejorar, a no conformarte con salir simplemente del paso. Puede que en ocasiones conlleve un esfuerzo excesivo, una cierta falta de mesura para calibrar la energía que requiere un trabajo (y su calidad) y el escaso rédito que puede aportar. Pero lo prefiero a una actitud de ir tirando, al aprobado por los pelos o a ser raplón y del motón.
La sombra de sospecha la proyectan ciertos vicios que trae esa exigencia: pensar que la misma regla que se aplica a uno mismo puede ser la utilizada para medir a los demás, desatendiendo su distintas capacidades o, simplemente, su diferente percepción de lo importante o lo valioso. También una intolerancia ante el error ajeno; probablemente a imagen del mal trago que supone a uno mismo el saberse errado.Me han exhortado a “aprender” que los demás se equivocan, y dejar que así sea para, de esta manera, sean capaces de mejorar. Comparto esa visión; aunque me cuesta la estrategia del tanteo y error. Preferiría que todo fue mejor calibrado desde el principio. Una simple cuestión de ahorro, y de evitar sustos.
13.5.06
Recordatorio
Hacía días que no tenía un ratito para dedicarte. Me siento mal por no poderte dedicar todo el tiempo que quisiera, y que tú te mereces.
La responsabilidad me puede. No me gusta dejar nada mal, ni no dar la talla.
Espero que el reto de intentar llegar a todos los sitios no me haga fallar
en algunos.
Te lo he dicho muchas veces últimamente: nosotros somos lo importante (aunque con tantos desvelos no siempre lo parezca).
En el libro que me acompaña últimamente por las mañana, un niño (con ciertos problemas de socialización) concluye de manera muy desafectada que los sentimientos no son más que lo que vemos en nuestra pantalla interna de ordenador, la que se aloja en el cerebro. Y que los sentimientos no son más que imágenes, todas iguales. Sólo nuestra respuesta ante ellas nos hace llorar o reir.
Es una idea descorazonadora cuando sabes lo satisfactoria que es la alegría y reir juntos. Pero, no resulta tan mala cuando un quiere alejar de la mente los oscuros pensamientos.
Llega el fin de semana. Quiero que sea estupendo. Va a ser estupendo. Y vamos a compartirlo. En apenas una semana llevaremos 60 meses. Sería precioso que fuesen 60 años.
Un beso mañanero, quizás ahora que estás menos adormilada lo notes más.
20.4.06
Equipo
Una noche de malos sueños, de irreales pesadillas nos ha arrastrado a la orilla somnolienta.
Sin embargo ya es de día. Adios a los fantasmas y hola a la luz de la esperanza y la ilusión.
La sonrisa de saber que compartiremos un nuevo día (nunca son demasiados), aunque las circunstancias puntuales reduzcan las horas de encuentro.
Ya lo sabes: juntos podemos con todo.
14.3.06
Negación
Son varios los posts que he leído últimamente exaltando la necesidad de saber decir no. Tanto en el mundo laboral, como aplicado a cualquier aspecto de la vida.
Por supuesto comparto lo expuesto en todos ellos; especialmente por mi falta de coraje para negarme a tantas cosas.
Sin embargo, también creo que cuando se adquiere la suficiente soltura con el rechazo y la negación, es demasiado fácil caer en el abandono y la comodidad. Ya no sólo negaremos para evitar que abusen de nosotros o se aprovechen de nuestra pusilánime forma de ser. Ahora rehusaremos realizar nuestras tareas o atender nuestros deberes; habremos encontrado una manera sencilla, sistemática y, quizás, infalible de evitarnos cualquier mal rato o esfuerzo no deseado.
Una simple palabra, o puede que una estudiada diatriba de dificultades, servirá para levantar una empalizada, tras la cual evitar afrontar muchas cosas: un deber social, una tarea laboral, una obligación familiar, una necesidad cercana, o, simplemente, el simple pasar de los días.
10.3.06
Aro y borrego
Si algo tiene de malo el paso del tiempo y el acumular años sobre la espalda es percatarte de cómo se han ido diluyendo tus díscolas proclamas de juventud; cómo has renunciado o, simplemente olvidado, la lista de comportamientos, actitudes o maneras a las que no cederías.
Pero acabas pasando por el aro de la costumbre y lo establecido. Aquellos sueños o propositos o autoconvencimientos de que serías exclusivo u original o irrepetible se matizan y emborronan. Cada día tiendes más a ser una copia del resto, a rendirte a todas las cosas que pensaste que no harías.
Te ves, como si te descubrieras de repente, protagonista de la película que antes repudiabas. Actuando al dictado de las normas a las que creías capaz de escapar; encarrilado en los railes de la costumbre y la tradición.Y, para mayor escarnio, te sientes tan cómodo en tu algodonoso traje de borrego junto al resto del rebaño.
3.3.06
Comparación
Siempre en busca de la comparación. Poniendo en paralelo lo de uno y lo de los demás. Alegrándonos de nuestra superioridad cuando es cierta; y minimizando (cuando no negando cínicamente) la eventual desventaja.
Exaltación de nuestras bondades y ocultamiento o disimulo de las limitaciones.
Esa rabia que surge al sentirse inferior, peor, menos hábil, inteligente o bello. Esa rabia que nos lleva a minimizar las grandezas ajenas; a menospreciar sus orgullos o logros.
Pero, como si se tratara del enunciado de alguna ley física, esa envidia disminuye proporcionalmente al aumentar la cercanía del oponente. Tanto es así que la superioridad del otro (ya menos “otro” y más afín) nos llega a llenar de orgullo, y olvidando que fuimos derrotados en la inexistente batalla, nos convertimos en paladines de su fama, defensores de sus dotes y pregonadores de unas virtudes que parecen propias, por la fogosidad de nuestra proclama.
Y, ahora que tenemos nuevas armas, aunque prestadas, con las que combatir, volvemos a la belicosa tarea de medir, comparar y competir por multitud de dudosos títulos.
